Altares Imposibles

Una ópera sobre la ausencia

“El arte, en su esencia más profunda, nos salva de morir por la verdad”, me confió un día Leandro, parafraseando a Nietzsche.

Noté que, en esas palabras, le concedía la condición de refugio; un devenir trascendental como santuario último frente a la dura certeza de nuestra finitud. Fue bajo esta premisa casi sublime que me lancé a explorar su obra, buscando en cada trazo un resquicio de eternidad que desafiara el inevitable paso del tiempo.

Históricamente, en épocas donde lo sagrado era una experiencia colectiva y universal, el arte funcionaba como el canal que facilitaba esta conexión, validando su poder a través de la dimensión comunitaria que lo sostenía. Pero en un mundo donde la necesidad de lo espiritual persiste frente a la nada, los panteones individuales emergen como respuesta al ineludible vacío. Desprovistos de una teleología común, nos encontramos en el umbral de lo desconocido creando tabernáculos a un “por las dudas”, donde la incertidumbre alcanza la potencialidad de transformarse en un acto de fe y creación.

Una ópera sobre la ausencia. En el cruce entre lo visible y lo invisible, Deleuze proponía una mirada del mundo en la que las formas y las experiencias se despliegan y repliegan. Desdibujando así las fronteras entre el interior y el exterior, la disolución de las estructuras sagradas tradicionales nos enfrenta a la complejidad de las formas y la fluidez de los significados. Como parte de una dialéctica entre lo encarnado y lo descarnado, Leandro -sacerdote y fiel, oblación y sacrificio-, nos convida a una peregrinación de vacuos atavíos portados por quien no tiene forma, por quien no tiene rostro: se esboza la estampa de lo que no conocemos pero que sentimos que debería existir.

En esta arbitraria cosmogonía personal, las voluptuosas telas y suntuosos trajes transmutan su materialidad para volverse la imagen de lo que no se ve, la representación de lo irrepresentable. Como lápidas, evidencian la insoportable presencia de aquello que está inexorablemente ausente. Y así, su arte se convierte en un acto de resistencia, un intento de mantener viva la memoria en un lienzo que se transforma en invocación.

Son entonces los altares imposibles los que consienten con complicidad los gualichos caprichosos de un chamán que, en su hacer artístico, escribe e inscribe su diario mágico. En el umbral entre lo tangible y lo etéreo, su práctica se convierte en liturgia. Sumido en lo profundo de un trance casi inevitable ensaya una danza, una dramática coreografía que por momentos evoca un ritual fúnebre. Con cada trazo, cada línea y cada forma, se sumerge en un estado casi extático, donde el tiempo se diluye y deja un testimonio visceral de que el dolor y la celebración pueden coexistir en un delicado equilibrio. Es un ritual desesperado, claro, pero que permite abordar lo inasible, reconstruir el espacio que ahora es una falta y no dejarse morir.

Darle sentido a un duelo.

Eugenia García